lunes, 18 de junio de 2012

Colinas blancas como elefantes


      Las colinas del otro lado del valle del Ebro eran alargadas y blancas. En este lado no había sombras ni árboles y la estación estaba al sol en medio de dos vías. Pegada al lateral de la estación se encontraba la cálida sombra del edificio y una cortina, hecha de tiras de cuentas de bambú, colgaba a través de la puerta abierta que daba al bar, para mantener fuera a las moscas. El americano y la muchacha que lo acompañaba se sentaron a una mesa en la sombra, en el exterior del edificio. Hacía mucho calor y el expreso procedente de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Paraba durante dos minutos en este empalme y luego continuaba hacia Madrid.

– ¿Qué vamos a tomar? –preguntó la muchacha. Se había quitado su sombrero y lo había puesto sobre la mesa.
– Hace bastante calor –dijo el hombre.
– Tomemos una cerveza.
– Dos cervezas –dijo el hombre a través de la cortina.
– ¿Grandes? –preguntó una mujer desde la puerta.
– Sí. Dos grandes. 

      La mujer trajo dos vasos de cerveza y dos posavasos de fieltro. Puso los posavasos y las cervezas en la mesa y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha estaba mirando a lo lejos, a la línea de las colinas. Eran blancas al sol mientras que el paisaje era marrón y estaba seco. 
– Parecen elefantes blancos –dijo ella.
– Nunca he visto uno –el hombre se bebió la cerveza.
– No, no lo habrías visto.
– Podría haberlo visto –dijo el hombre–. Que tú digas que no lo habría visto, no prueba nada.
La muchacha miró a la cortina.
– Han escrito algo encima –dijo ella–. ¿Qué dice?
– Anís del Toro. Es una bebida.
– ¿Podemos probarla?
El hombre gritó “Oiga” a través de la cortina. La mujer salió del bar.
– Cuatro reales.
– Queremos dos Anís del Toro.
– ¿Con agua?
– ¿Lo quieres con agua?
– No sé –dijo la muchacha–. ¿Está bueno con agua?
– Está bien.
– ¿Lo quieren con agua? –preguntó la mujer.
– Sí, con agua.
– Tiene gusto a regaliz –dijo la muchacha y apoyó el vaso.
– Pasa lo mismo con todo.
– Sí –dijo la muchacha–. Todo sabe a regaliz, especialmente las cosas por las que has esperado tanto tiempo, como el ajenjo.
– Oh, basta ya.
– Has empezado tú –dijo la muchacha–. Estaba divirtiéndome. Estaba pasando un buen rato. 
– Bien, tratemos de pasar un buen rato.
– Bueno. Estaba tratando. Decía que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No es genial?
– Es genial.
– Quería probar esta nueva bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no?, ¿mirar cosas y probar bebidas nuevas?
– Supongo.
La muchacha miró a las colinas del otro lado.
– Son unas colinas muy hermosas –dijo ella–. Realmente no parecen elefantes blancos. Lo decía por el color de su piel a través de los árboles.
– ¿Tomamos otra bebida?
– Bueno. 
El viento cálido empujó la cortina contra la mesa.
– La cerveza está rica y fresca –dijo el hombre.
– Está muy bien –dijo la muchacha.
– Es realmente una operación sencillísima, Jig –dijo el hombre–. En realidad no es una operación.
La muchacha miró al suelo sobre el que se apoyaban las patas de la mesa.  
– Sé que no te importaría, Jig. De verdad, no es nada. Sólo tienes que dejar entrar el aire. 
La chica no dijo nada. 
– Voy a ir contigo y voy a estar a tu lado todo el tiempo. Una vez que entra el aire, es todo perfectamente natural. 
– ¿Y después qué vamos a hacer?
– Después vamos a estar bien. Como estábamos antes. 
– ¿Qué te hace pensar eso? 
– Es lo único que nos molesta. Es lo único que nos ha hecho infelices. 
La chica miró la cortina de cuentas, estiró la mano y tomó dos tiras. 
– Y crees que después vamos a estar bien y ser felices. 
– Estoy seguro. No hay nada que temer. Conozco montones de personas que lo han hecho.
– Yo también –dijo la chica–.Y después eran tan felices. 
– Bueno, –dijo el hombre–si no quieres no tienes que hacerlo. Yo no te haría hacerlo si no quisieras. Pero sé que es muy simple.
– ¿Y tú lo quieres de verdad?
– Creo que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si tú de verdad no quieres.
– ¿Y si lo hago, serás feliz y las cosas serán como eran, y me amarás? 
– Yo te amo ahora. Sabes que te amo. 
– Ya sé. Pero si lo hago, ¿estará bien si digo que las cosas son como elefantes blancos, y te gustará? 
– Me encantará. Ahora me encanta, pero es que no puedo pensar en eso. Sabes cómo me pongo cuando me preocupo. 
– Si lo hago, ¿no te preocuparás? 
– No me preocuparé por eso porque es algo perfectamente simple.
– Entonces lo haré. Porque yo no me importo. 
– ¿Qué estás diciendo? 
– Que no me importo.
– Bueno, a mí me importas. 
– Claro que sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y entonces todo estará bien. 
– No quiero que lo hagas si sientes eso. 

      La chica se paró y caminó hasta el final de la estación. Cruzando, del otro lado, había campos de granos y árboles todo a lo largo de los bancos del Ebro. Lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzó el campo de granos y ella vio el río a través de los árboles. 

– Y podríamos tener todo esto –dijo–.  Y podríamos tener todo y cada día hacerlo más imposible. 
– ¿Qué dijiste?
– Dije que podríamos tenerlo todo. 
– No, no podemos. 
– Podríamos tener el mundo entero. 
– No, no podemos. 
– Podemos ir a todas partes. 
– No, no podemos. Ya no es nuestro. 
– Sí es nuestro. 
– No, no lo es. Y una vez que te lo quitan, no lo recuperas nunca. 
– Pero no lo han hecho. 
– Hay que esperar y veremos. 
– Vuelve a la sombra –dijo él–.  No tienes que sentirte así. 
– No me siento de ninguna forma –dijo la chica–. Solo sé algunas cosas. 
– No quiero que hagas nada que tú no quieras... 
– Ni que no sea bueno para mí –dijo–. Ya sé. ¿Podemos tomar otra cerveza? 
– Está bien. Pero tienes que darte cuenta... 
– Me doy cuenta, –dijo la chica–. ¿Podemos dejar de hablar? 
Se sentaron a la mesa y la chica miró hacia las colinas sobre el lado seco de valle y el hombre la miró a ella y a la mesa. 
– Tienes que darte cuenta –dijo– de que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a seguir con esto si es importante para ti. 
– ¿Para ti no lo es? Podríamos arreglarnos bien. 
– Claro que sí. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero a nadie más. Y sé que es perfectamente simple.
– Sí, sabes que es perfectamente simple.
– Está bien que tú lo digas, pero yo lo sé. 
– ¿Harías algo por mí ahora? 
– Haría cualquier cosa por ti. 
– ¿Podrías por favor por favor por favor dejar de hablar? 
Él no dijo nada pero miró los bolsos contra la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado las noches. 
– Pero no quiero que tú... –dijo–...que a mí no me importa. 
– Voy a gritar –dijo la chica. 
La mujer salió de las cortinas con dos vasos de cerveza y los puso sobre los posavasos húmedos. “El tren viene en cinco minutos”, dijo. 
– ¿Qué dijo?, preguntó la chica. 
– Que el tren viene en cinco minutos. 
La chica le sonrió a la mujer, para agradecerle. 
– Es mejor que lleve los bolsos del otro lado de la estación –dijo el hombre. Ella le sonrió. 
– Está bien. Después vuelve y terminamos la cerveza. 

      Él recogió dos bolsos pesados y los llevó del otro lado de la estación a las otras vías. Miró por las vías pero no pudo ver el tren. Al volver, atravesó el bar, donde bebía la gente que esperaba el tren. Tomó un Anís en el bar y miró a la gente. Estaban todos esperando el tren razonablemente. Salió por la cortina de cuentas. Ella estaba sentada a la mesa y le sonrió. 
– ¿Te sientes mejor? –le preguntó. 
– Estoy bien –dijo ella-. No tengo nada. Estoy bien.