viernes, 7 de julio de 2017

Kjell Askildsen (1929 - ) Noruega


Vaya

Un día de verano que no llovió me entraron ganas de moverme, o al menos, de dar una vuelta por la manzana. La  idea  me animó, de repente me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no me sentía de tan buen humor. Hacía tanto calor que creí poder ponerme los calzoncillos cortos, pero al ir a buscarlos me acordé de que los había tirado el año anterior en un ataque de melancolía. No obstante, la idea de los calzoncillos cortos se hizo tan imperiosa que corté las perneras de los calzoncillos largos que llevaba puestos. Nunca se es tan viejo como para perder la esperanza.

Era extraño salir después de tanto tiempo, aunque todo me resultaba familiar, claro está. Escribiré sobre esto, pensé, y de repente en medio de la acera note una erección, pero no importaba, porque los bolsillos de los pantalones eran amplios y profundos.

Al llegar a la primera esquina –tardé mucho, porque aunque el espíritu iba muy dispuesto, las piernas no acompañaban– descubrí que al fin y al cabo no me apetecía dar una vuelta por la manzana. Ya que era verano quería ver algo verde, aunque solo fuera un árbol, así que seguí recto. Hacía calor, tanto calor como cuando era niño, y me alegré de llevar los calzoncillos cortos. Y con la erección bajo un hábil control, me sentía bien. Puede que suene exagerado, pero así era.

Cuando ya casi había dejado atrás tres casas, oí a alguien gritar mi nombre. Aunque sonaba a voz de viejo, no me volví, pues hay muchos que se llaman Thomas. Pero al tercer grito miré hacia donde sonaba la voz, era un día tan poco corriente… Todo podía suceder. Y allí estaba, en la acera de enfrente, el viejo profesor Storm, del instituto. “Félix”, grité, pero estaba tan poco acostumbrado a usar la voz que no me salió gran cosa. Nos separaba un denso tráfico, y ni él ni yo nos atrevíamos a cruzar la calle, habría sido estúpido perder la vida de pura alegría, cuando me había aguantado sin ella durante tanto tiempo. Así que lo único que pude hacer fue gritar su nombre una vez más y saludarle con el bastón. Sentí una gran decepción, pero al menos era un consuelo saber que me había visto y llamado por mi nombre. “Adiós, Félix”, grité, y me dispuse a seguir mi camino.

Pero cuando llegué al siguiente cruce allí estaba él, justo delante de mí, de modo que me había puesto triste sin motivo alguno. “Thomas, viejo amigo –dijo–, ¿dónde diablos has estado?”. No quería decírselo, así que no le contesté, pero dije:

“El mundo es grande, Félix”. “Y todos están muertos o casi muertos”. “Sí, sí, la vida exige lo suyo”. “Bien dicho, Thomas, bien dicho”. A mí no me pareció bien dicho en absoluto, y casi para hacerme merecedor de sus elogios dije: “Mientras tengamos sombra, hay vida”. “Pues sí, sí, la maldad no tiene fin”. En ese momento empecé a preguntarme si no estaba chocheando, y decidí ponerlo a prueba. “El problema no es la maldad –dije–, sino la insensatez, por ejemplo, la de esos jóvenes montados en motos enormes”. Me miró un buen rato y dijo:

“Creo que ahora no entiendo muy bien lo que quieres decir”. Como yo no quería conseguir una victoria  a costa suya, me limité a decir, como por casualidad: “Pues eso, ¿qué es en realidad la maldad?”. Huelga decir que no supo contestar, no era teólogo, y yo me apresuré a añadir: “Pero no hablemos de eso. ¿Cómo  estás?”. Era  evidente  que  lo  había  puesto  de  mal humor, porque primero miró detenidamente  el reloj y luego dijo: “Cada vez que me encuentro con alguien, me siento más solo  que  antes”. No  era  precisamente  una  frase  agradable, pero hice como si nada. “Pues sí –dije–, así es”. Me di cuenta de que si no me daba prisa en despedirme, él lo haría primero, pero no me di la suficiente prisa, de modo que se me adelantó. “Tengo que irme, Thomas, he dejado las papas en el fuego”. “Ah,  sí, las papas”, contesté. Entonces  le  di la mano y dije: “Bueno, por si no volvemos a encontrarnos”. Dejé las palabras  suspendidas  en el aire, porque  era una  de esas frases que quedan mejor inacabadas. “Sí”,, dijo, y me estrechó la mano. “Adiós, Félix”. “Adiós, Thomas”.

Di media vuelta y regresé a casa. No había visto nada verde, pero, ¡vaya!, ¡cuántos acontecimientos para un solo día!