martes, 20 de noviembre de 2012

Lázaro Covadlo (1937 - ) Argentina

Llovían cuerpos desnudos 

A Magdalena Saavedra

      Le había sacudido un bofetón a su mujer a eso de las tres de la tarde. O a las tres y media, o a las cuatro, más o menos. ¿Quién puede controlar la hora cuando está un poco pasado con la bebida y algo alterado y no se le ocurre nada mejor que pegarle a la esposa? En todo caso había sido después de comer, seguro. Una comida opulenta de pescados y mariscos y tal vez un litro y medio de vino blanco de una comarca de Cataluña. Pero antes había bebido dos vasos de whisky. ¿O fueron tres? Después del café dos copas de coñac. ¿O fueron tres? No bebas tanto, Marcelo, había dicho ella. No era la primera vez, hacía más de diez años que se lo repetía. No bebas tanto, Marcelo; no comas tanto, Marcelo. Después venía el sermón: tanta comida y tanta bebida, por fuerza debían ser nocivas para su salud física y mental. Yo soy médico y sé muy bien qué es bueno y qué es malo para la salud física y para la salud mental, ¿entendés, María del Carmen?, ¿entendés lo que te digo? El diálogo renacía a diario, sin variaciones, desde hacía diez años hasta la fecha. Parecían actores en gira perpetua dedicados a representar en todas partes la misma pieza teatral. Él recordaba muy bien haber discutido sobre lo mismo en Mar Del Plata, en Villa Carlos Paz, en Punta Del Este, en el hotel de las Cataratas Del Iguazú. La última vez en Lisboa, el día anterior.

      El vuelo de Lisboa a Barcelona en un aparato de la TAP había transcurrido por un cielo sin nubes, pero fecundo en cuanto a lluvia de cuerpos. Todos caían desnudos, como de costumbre. Reconoció algunos, la mayoría de aquellas caras las tenía muy acopladas a su memoria visual. De otros recordaba más que nada ciertos detalles del cuerpo: las cicatrices de determinadas operaciones, una pelambrera de excepcional abundancia, ciertas peculiaridades muy notorias de los genitales. Cada uno poseía su propia singularidad. Nunca faltaban dos o tres a quienes una vez que el avión rebasaba los seis mil metros les daba por pegar la nariz a la ventanilla para mirarlo a los ojos. Pareciera que por un rato se resistían a dejarse caer: se pegaban al fuselaje como moscas a las paredes y no aflojaban hasta que el aparato tomaba más altura, sólo entonces desaparecían de su vista. Ese era el momento en el que él podía intentar relajarse –sin consentirlo del todo– y llamaba a la azafata para pedir el primer whisky.

      Como trataba de evitar que lo tomaran por loco hacía tiempo que había dejado de informar sobre la lluvia de cuerpos durante los vuelos, ya fueran éstos interprovinciales o internacionales. La primera vez que advirtió el fenómeno dio fuertes voces y se armó un tremendo alboroto en la cabina de pasajeros. Ocurrió en 1983, poco después de su alta en el Hospital Naval, donde había estado unos meses como paciente, en neuropsiquiatría. Él y María del Carmen viajaban a Mendoza con la excusa de visitar a la familia. Esa escapada era en realidad la primera de una serie de peregrinajes de intención terapéutica. Entonces aún no le habían dado el retiro -faltaba todavía un año para que dejara el Arma-, pero la superioridad tampoco le había designado un destino: lo consideraban un elemento psicológicamente inestable y por lo tanto fue relegado a una suerte de limbo hasta que decidieran qué hacer con él.

      Ese vuelo entre el Aeroparque de la ciudad de Buenos Aires y El Potrerillo, en Mendoza, había resultado una excursión al centro mismo del infierno. Un infierno a gran altura, o no tanto: nada más rebasar los dos o tres mil metros comenzaron a llover cuerpos hasta hacer que el firmamento se oscureciera. Ya en el sur de la provincia de Córdoba el cielo cobró una consistencia sólida de pieles y huesos humanos. Uno de aquellos hombres al parecer golpeó en su caída el alerón derecho provocando una fuerte sacudida en el aparato. ¡Hay que aterrizar, hay que aterrizar!, gritó Marcelo; ¡avisen al piloto que ellos están cayendo! ¡Díganle que aterrice cuanto antes! Tranquilícese, señor, estamos pasando una zona de tormenta, pero el comandante tiene todo bajo su control, dijo la azafata. ¡Calmate, querido, por lo que más quieras!, le rogó María del Carmen.

      Recordaba el tono de voz resignado, urgido y maternal con el que su esposa pretendió aplacarlo en aquel momento crítico. Con la misma apremiada paciencia, con idéntica sufrida dulzura, ella se empeñó en reconfortarlo cada vez que su obsesión volvía a brotar. No debió haberle pegado, se reprochó mientras contemplaba tras los ventanales de la habitación del decimosexto piso, en el hotel Princesa Sofía, el paisaje urbano surcado por la avenida Diagonal y más allá el Tibidabo con su iglesia en la cima. A tan baja altura nunca había observado que llovieran cuerpos desnudos. De todos modos ya estaba haciéndose de noche; jamás vio caer gente en la oscuridad, aunque sí entre la blancura gris de las nubes. Las tinieblas representan un descanso para la vista, se dijo. Miró la hora en la esfera de su reloj y se preguntó cuánto tiempo habría pasado desde que abofeteó a María del Carmen y ella abandonó el cuarto sin preocuparse por cerrar la puerta. Entonces pensó que no tardaría en volver, pero ya eran más de las siete y quién sabe dónde podría estar. Tal vez dando vueltas y más vueltas por los alrededores, igual que la última vez que a él se le fue la mano, en Mar Del Plata, y ella se pasó la tarde caminando entre la plaza Colón y las calles San Martín y Santa Fe y regresó al hotel cargada de compras –un montón de pulóveres innecesarios– cuyo importe total produjo un fuerte menoscabo en su economía de marino retirado. De cualquier manera no le afectaba demasiado que su esposa se resarciera de los malos tratos gastando dinero; algún día no muy lejano dejarían al fin de llover tantos cuerpos y pondría un consultorio en Buenos Aires y sería un médico próspero. Pero le inquietaba imaginarla deambulando por las calles inciertas, porque Mar Del Plata era una localidad familiar, pero Barcelona era una urbe desconocida y, aunque a través de esos ventanales todavía no viera caer a nadie, no por eso estaba tranquilo, sobre todo porque ya hacía mucho que ella había salido y pronto sería la hora de ir a cenar y otra vez tenía hambre. Lo que vos tenés es apetito, Marcelo, el hambre es otra cosa, solía decirle María del Carmen. Dejame tranquilo, ¿querés?, si te digo que tengo hambre es que tengo hambre... ¡y no se hable más! Pero ella tenía razón, lo sabía. Desde que empezaron a llover cuerpos y más cuerpos no había dejado de atiborrarse de comida y alcohol, así que terminó poniéndose muy gordo y tuvo que cambiar todo su vestuario, lo que sumado a las compras de María del Carmen, las facturas del hotel, los billetes de avión y las abultadas cuentas de los restoranes hacía que se agrandaran sin cesar los agujeros de los bolsillos. Las herencias familiares de ambos permitían demorar el inevitable quebranto, pero tantos y tantos gastos los acercaban con buen ritmo al derrumbe final. Menos mal que algún día, mejor pronto que tarde, dejarían de llover los cuerpos y entonces se acabarían los viajes y él instalaría en Buenos Aires su consultorio de médico endocrinólogo –la especialidad a la que había pensado dedicarse antes de entrar en la Marina– y ganaría bastante dinero, lo que unido a la paga del retiro permitiría rehacer la fortuna matrimonial, pensó.

      Era cierto que habría salido más barato consentir que lo ingresaran en una buena clínica en la que acaso a fuerza de descanso, electroshocks y adecuados consejos, lograrían que cesara el diluvio de cuerpos, pero su colega y superior en el Arma, el capitán de fragata médico –psiquiatra– Leoncio Devalle, sugirió la alternativa de los viajes. Váyase de viaje, Publiani, hágame caso. Viaje mucho, suele ser la mejor cura. Llévela a su mujer, que es una buena compañera. Ya verá que en poco tiempo se convencerá de que cuando llueve sólo cae agua... como mucho, granizo.

      Buen tipo el doctor Devalle, lástima que no hubiera estado presente la primera vez, en ese vuelo entre Buenos Aires y Mendoza. Creyó volverse loco. Lo sujetaron entre cuatro y resultó que entre el pasaje se encontraba un colega de Rosario que casualmente llevaba consigo unas dosis de sedante inyectable. Pretendieron pincharlo y hasta llegaron a subirle la manga de la camisa, pero él la emprendió a patadas. ¡Soy el teniente de navío médico Marcelo Publiani, de la Armada Argentina, y a mí no me pincha nadie, carajo! ¡Calmate, mi vida, por favor, calmate!, le rogaba María del Carmen. La verdad es que estaba aterrorizado y llegó a creer que lo arrojarían de la nave para contribuir con la lluvia de cuerpos. No pudo dejar de relacionar la situación con aquellos vuelos a seiscientos metros de altura, cuando él mismo inyectaba sedantes a esos pobres diablos desnudos que unos minutos más tarde serían lanzados al Río de la Plata. Por suerte no los veía caer: para evitar el espectáculo y a fin de no vulnerar el principio hipocrático de asistencia a los pacientes iba a esconderse en el retrete, pero los rostros de aquellos infelices se le habían pegado al recuerdo, y era muy extraño; nunca había sido buen fisonomista y algunos días hasta le costaba recordar la cara de su propia madre. Sin embargo esas caras eran inolvidables, algunas mostraban expresiones desesperadas, otras estaban habitadas por el pánico, otras veladas de fúnebre resignación. El tono sermoneante del cura sólo servía para tensar sus nervios más de lo que ya lo estaban: que ésta es una guerra al servicio de Dios y la Patria, que hay que tener coraje, que hay que saber separar el grano de la paja. Tampoco conseguía olvidarse de esa voz. ¡El cura!

      Sí, ya lo sé, doctor, le dijo a Devalle. Yo sé perfectamente que ellos ya no llueven desde el cielo. Me hago cargo de que son visiones mías; conozco muy bien la sintomatología alucinatoria, pero es un saber intelectual que no me consuela. Es que no logro sacármelos de la cabeza, créame. No puedo dejar de ver cómo caen, aun cuando entonces no los vi caer. ¿Sabe usted, doctor, lo que fue aquello? ¿Se imagina lo que significaba salir del retrete y comprobar que esos hombres, que un momento antes estaban tan vivos como ahora lo estamos usted y yo, a esas horas quizá serían alimento de los peces?

      El capitán de fragata médico Leoncio Devalle compuso un gesto severo llevándose el dedo índice a los labios, que previamente había juntado muy prietos. No, yo no sé nada ni quiero saberlo, afirmó con acento destemplado. No tengo la menor idea de qué me habla. Y se lo vuelvo a decir, no sé nada de nada. Olvídese de todo aquello, hágame el favor, y hágaselo a usted mismo, añadió suavizando la voz, y volvió a aconsejarle que viajara, que viajara mucho en compañía de su mujer, a menos que prefiriera internarse. A él le tocaba decidir.

      Estaba claro que prefería viajar; viajar mucho y en compañía de su esposa, como le había recomendado su colega y superior. Pero ¿por qué en avión, querido?, protestó María del Carmen. Ella argumentaba que lo mejor sería desplazarse por tierra, ir en tren o utilizar el coche, para que así él no se viera obligado a contemplar la inevitable caída de tantos cuerpos desnudos. No, tiene que ser por avión, porfió Marcelo. Seguiremos volando hasta que ellos se cansen de llover y yo pueda mirar tranquilo por la ventanilla. Entendelo, María del Carmen, no puedo pasarme la vida huyendo de la realidad. ¡Pero, Marcelo!, esos cuerpos que ves caer no son la realidad real, son meros espejismos. ¡Ya lo sé, ya lo sé, María del Carmen!, le contestó con un suspiro de hastío; pero lo sé sólo intelectualmente. Tengo que convencerme... ¿cómo te diría? Tengo que convencerme con el espíritu. Ella no insistió: se dio cuenta de que, de hacerlo, acabaría recibiendo otra bofetada.

      Es que hasta ahora todos nuestros viajes fueron muy cortos, María del Carmen, le dijo Marcelo una semana antes de adquirir los billetes. Creía que había llegado el momento de saltar el charco: en el firmamento de Europa el panorama quizás sería más limpio. Nada más que nubes, cielo y sol, y al regreso los espejismos tal vez habrían desaparecido de su mirada.

      A poco de despegar del aeropuerto de Ezeiza comenzó el chaparrón. Se revolvió en el asiento, con el cinturón ajustado a su carnoso vientre, pero no por eso despegó los ojos de la ventanilla. María del Carmen notó su inquietud y lo vio abrir y cerrar los puños. En su interior agradeció que él  evitara los comentarios, pero se hizo cargo de su desazón. Tomó las manos de su marido con su mano blanda, en cuyo anular señoreaban el solitario y la alianza. Marcelo tiene mucho aguante, se dijo. Él veía pasar los cuerpos y recordaba los apellidos de algunos: Ahí va Campos, el sindicalista; este es Gálvez, de quien decían que era trotskista; ese jovencito es Mileti: estudiante. Al aterrizar en Rio de Janeiro ya era de noche y había cesado el diluvio. La siguiente etapa fue tranquila, ya que el avión cruzó el Atlántico en la oscuridad. Cuando tomaron tierra, en Lisboa, el día anterior, comenzaba a amanecer. Antes Marcelo tuvo tiempo de contemplar de nuevo la caída de Campos y Mileti, aunque no vio a Gálvez y a los otros.

      Pero ellos no lo privaron de su visión en el vuelo de esa misma mañana, entre Lisboa y Barcelona. Estaban todos. Marcelo se preguntó porque caían tan lejos de las aguas del Río de la Plata, sobre el río Tajo, sobre Extremadura y Castilla. En las riberas del Ebro. Temió que seguirían cayendo por cualquier cielo que él atravesara, aunque diese la vuelta al mundo. A las diez de la mañana aterrizaron en el aeropuerto de Prat, veinte minutos más tarde llegaron al hotel, y ahora María del Carmen debía de andar dando vueltas por la ciudad, y todo por una simple bofetada. Pero ella tampoco tenía por qué ser tan quisquillosa. No sabía lo que era un verdadero castigo; no, su mujer no lo sabía.

      Volvió a mirar la hora: ya eran casi las nueve. El hambre lo martirizaba. Decidió cenar solo, en el restaurante del piso decimonoveno. Antes de subir telefoneó a la recepción para solicitar que si volvía su esposa le hicieran saber dónde estaba él.

      Se sentó una mesa junto a la ventana. El maitre acudió de inmediato con la carta. Eligió pimientos rellenos de bacalao, escabeche de codorniz y costillas de corzo con cerezas. Para beber, un tinto de Navarra, con mucho cuerpo. De postre biscuit de frambuesa, y después del cuarto coñac pidió un helado de vainilla y chocolate, pero enseguida un fernet que le hizo emitir un eructo largo y cavernoso. En ese momento vio a Mileti con la nariz pegada al ventanal. Fue sólo un segundo, de inmediato esté continuó cayendo. Sin embargo alcanzó a observarle la cicatriz de la operación de apendicitis. No hay derecho, protestó, y menos a estas horas de la noche y a tan baja altura; no estamos a bordo de ningún avión. El camarero acudió solícito. ¿Decía señor? ¿Usted no vio un tipo que caía del cielo? El camarero inclinó la cabeza a la derecha, después sonrió. ¿Desea un café el señor? Pidió un whisky. Antes de que se lo trajeran tuvo tiempo de ver como caían los demás. Las cosas que han sucedido en aquella época no tienen por qué seguir repitiéndose, proclamó en voz muy alta. A fin de cuentas, cada uno de nosotros cumplió con su deber prestando la obediencia que se debía a la superioridad y a la Nación. El maitre se aproximó a la mesa para pedirle que se calmara, también le preguntó si deseaba ser acompañado hasta su cuarto.

      De vuelta en su habitación miró otra vez la hora. Eran casi las once de la noche y María del Carmen aún sin regresar. Estaba a punto de telefonear a la recepción, o a la policía, pero antes de que alcanzara a descolgar empezó un nuevo diluvio. Sufrió un duro sobresalto al descubrir que entre quienes caían se encontraba su esposa. Ella no caía desnuda: llevaba la misma ropa que cuando salió del hotel. Llamó a la policía. Después pidió que le subieran una botella de whisky y un paquete de cigarrillos.

      A las tres y media de la madrugada golpearon a la puerta. A las cuatro entró en el depósito de cadáveres acompañado de un oficial de policía y el secretario de un juez. La borrachera de las horas previas se había disipado, de modo que cuando el hombre de la bata blanca levantó la sábana que cubría el rostro de su mujer que yacía en la mesa de acero inoxidable, no tuvo dificultades en reconocer las facciones de María del Carmen. Le dijeron que se había ahogado en el río Besos. Más tarde le dieron a entender que podía haberse suicidado arrojándose desde un puente. Firmó todos los papeles y bebió mucho café. A las diez de la mañana hizo llamar un taxi para que lo llevara hasta la orilla del Besos, todo para descubrir que se trataba de un riacho contaminado de espuma cuyo mezquino cauce separa las ciudades de Barcelona y Badalona. La habían pescado cerca de la desembocadura. Nada que ver con el Río de la Plata. En aquellas aguas nunca la hubieran encontrado. Con excepción de unos pocos que fueron a parar a la playa, la corriente se llevó a casi todos hacía el Atlántico.

      Se descubrió a sí mismo pensando de ese modo y juzgó que eran divagaciones estúpidas, pero no lograba impedir que hormiguearan en su cabeza. Pensó también que en tres o cuatro días, a lo sumo en una semana, habría completado las gestiones y volaría de regreso a Buenos Aires llevando consigo a María del Carmen en su ataúd. Y sin embargo, de eso estaba seguro, la vería caer junto a los demás. Esta vez desnuda. Ojalá que al menos a ella no le diera por aplastar su nariz contra la ventanilla.